Los niños también se enfrentan al duelo y como los adultos, tienen derecho a participar en este proceso y estar informados de lo que les sucede a sus seres queridos. Aunque debemos tener en cuenta que según la edad podamos abordarlo de una forma o de otra.

Factores que influyen en el duelo infantil

– El valor del objeto/persona perdida. A veces valoráramos las situaciones de pérdida infantil por el baremo adulto, en cambio, en la edad infantil la pérdida de su osito puede ser más significante para los pequeños que otro fallecimiento, cometiendo el error de quitar valor a esa perdida.

– El duelo no siempre es por muerte. Los niños necesitan ayuda para elaborar duelos por la pérdida de un diente, por la pérdida de seguridad cuando se separan de sus padres o por la separación de su entornó cuando van a la guardería. En la adolescencia, la ruptura sentimental o un suspenso puedo provocar los mismos síntomas.

– Experiencia de pérdidas anteriores. Si en algún momento ha sufrido una perdida, en las siguientes será más fácil la elaboración del duelo. Sin embargo, también es cierto que un niño que ha sufrido muchas pérdidas sin solucionar va a elaborar un duelo más complicado.

– Observación de la elaboración de duelos en personas próximas. El niño tiene que ver y ser consciente de cómo reaccionan los adultos ante este tipo de situaciones. El hecho de no saber que se espera de el ese momento le provoca ansiedad. Es por ello que es importante que los padres y familiares no escondan su dolor ante el niño, y le expliquen los pasos y rituales que van a seguir. El niño tiene que encontrar respuestas a sus preguntan y descargar emocionalmente sus sentimientos, ya que esto va a propiciar una mejor elaboración del duelo. Actualmente vivimos un momento cultural que intenta alejar el sufrimiento todo lo posible de las personas. Vivimos bajo el lema de “la felicidad obligatoria” y tratamos de alejar la muerte todo lo que podemos. Ligado a esto se aleja igualmente el duelo y todas las manifestaciones asociadas a este proceso, de modo que vivimos en una cultura que impide o bloquea el sufrimiento siendo totalmente contraproducente.

– El contexto de la pérdida. La reacción del niño dependerá de si la pérdida es inesperada o lenta, si es producida por una enfermedad o si es fortuita. El niño acepta mejor las pérdidas que han podido elaborarse con el tiempo.

La sensibilidad del entorno y de las personas queridas: al comunicar una muerte a los niños, un aspecto clave es evitar que elaboren sus propias inferencias sobre el tema, ya que seguramente éstas no sólo serán erróneas sino que pueden provocar más terror y dificultar la comprensión y el acercamiento de los menores al hecho natural de morir y a todo lo que le rodea.

 

¿Deben ir al tanatorio y/o funeral?

Nuestra sociedad trata la muerte como un tema tabú, evitando hablar de ella.  Se evita que los niños acudan al tanatorio y funeral, impidiendo que se puedan despedir de la persona fallecida y que participen del ritual que los adultos realizamos para despedirnos. Es importante tener en cuenta los deseos del menor de asistir o no y aceptar su decisión.

Gran parte de la literatura señala que desde los seis años los niños pueden asistir pero en este caso es muy importante que le expliquemos el lugar donde se acude, cómo se va a encontrar a las personas, en que consiste el funeral; permitiéndoles que despejen todas sus dudas con las preguntas que sean necesarias. Así mismo también será importante protegerle de las emociones muy intensas o desbordantes.

Si por el contrario el niño por deseo expreso no decide acudir, se aconseja realizar con él a posteriori un pequeño ritual de despedida de forma simbólica (llevándole flores, escribiéndole una pequeña carta, un dibujo…). En ese momento debemos de recordar cosas buenas  que el niño ha vivido con esa persona fallecida, expresar lo mucho que significaba y se le va a echar de menos y los sentimientos que eso despierta. Es muy positivo que el niño se quede con un buen recuerdo de la persona fallecida y lo que significó su relación con la persona  perdida.

Cristina Aparicio