Caminaba con mi padre cuando él se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó:

-Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más?

Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí:

-Estoy escuchando el ruido de una carreta.

-Eso es -dijo mi padre-. Es una carreta vacía.

-¿Cómo sabes que es una carreta vacía, si aun no la vemos?- pregunté a mi padre.

-Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por causa del ruido. Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace- me respondió.


Cuando en la vida nos acostumbramos al éxito, se produce una adicción tal a esta experiencia, que en el ímpetu de seguir o ascender todavía más en la senda exitosa, podemos descarrilar con estrépito. Este descarrilamiento se puede producir en muchas facetas de la vida: el gobernante-estadista que conduce a un país con éxito, tiende a creer en su infalibilialtea psicólogos humildaddad y certeza en todas sus acciones futuras; el inversor en bolsa que acumula grandes plusvalías en años, tiende a creer que sus análisis son perfectos y que siempre lo serán; el constructor que ha vivido grandes años de bonanza económica, cree que su negocio es una fuente ilimitada de ingresos y que siempre lo será. Cuando la evidencia trastoca por completo los planes de uno, la experiencia es dolorosa y suelen pasar dos cosas: o bien, aparece el miedo y el pánico, creyendo que es el fin del mundo y que nada volverá a ser como antes, desconfiando hasta de uno mismo; o bien uno se empecina y se autoafirma en su posición de centralidad, negando las evidencias y rechazando revisar los propios planteamientos, por si fueran inadecuados o incorrectos. En este último caso, la sensación de (pseudo)seguridad en uno mismo es tal, que no es posible ver otras posibilidades; el recuerdo del éxito nubla la conciencia. Ante este panorama, parece difícil encontrar una solución. Para vivir, se necesitan conocimientos, temple, determinación, persistencia y convicción en lo que hacemos. La pregunta es cómo desarrollar la propia convicción sin descarrilar. El mundo es como el mar, bello y gratificante, lleno de vida, pero también con parajes donde habitan voraces depredadores- como los tiburones- ante los cuales la vacilación es mala compañera. ¿Es posible vivir con convicción en lo que haces, sin ser un depredador, o sin que tu propia convicción te ciegue?

Se dice que la humildad es una gran virtud, y que implica un conocimiento de las propias limitaciones y debilidades que acompañan a nuestras aptitudes y/o virtudes. Es algo así como el contrapeso de nuestras ambiciones, aspiraciones, deseos, metas y propósitos. Igual que en Física la fuerza centrípeta “equilibra” y posibilita una trayectoria circular ajustada, la humildad equilibra otras fuerzas de la Naturaleza humana como la codicia, la necesidad de poder, la ambición o la adicción al éxito. Humildad es un término que proviene de humilitas (del latín), que a su vez deriva de la raíz humus; es decir, hace referencia a partes “bajas” en el suelo, pero que curiosamente son las partes que aportan fertilidad a la tierra. Es gratificante comprobar la belleza de una planta o el sabor de sus frutos, pero no somos conscientes de que gran parte de ello se está generando en el humus. De igual forma, el cultivo de uno mismo, comienza en el suelo y no en las partes “visibles”, ostentosas, pero frágiles sin los micronutrientes psicológicos apropiados. En el suelo se encuentra la humildad; es más fácil dejarse seducir por las partes relucientes, pero la belleza se apaga o deteriora si no se presta atención debida a la humildad. El cultivo de la humildad se realiza a partir de dos tareas fundamentales:

a.- La toma de contacto con el “reflejo de poder”, o reflejo fruto de necesidades emocionales insatisfechas; se trata de una engañosa sensación de que uno puede con todo y de que quiere éxito a toda costa. A diferencia del poder equilibrado por la humildad, el reflejo de poder aparece de forma incongruente con otros aspectos de uno mismo y fuera de nuestra conciencia: tiene que ver con la experiencia de insaciabilidad y de adicción al poder. Así, por ejemplo, el estadista que ha gobernado con éxito se siente insaciable y quiere pasar a la Historia y ser alguien único, cometiendo entonces errores desde su necesidad insatisfecha; o el inversor exitoso en los Mercados Financieros, se plantea el reto de subir más niveles de rentabilidad, arrastrado por su necesidad de más poder y éxito, cometiendo entonces errores infantiles fruto de su codicia, arruinándose o llevando a otros a la ruina.

b.- El cultivo de la humildad, no como freno o desvalorización, sino como elemento regulador de otras emociones y fuerzas intensas de la naturaleza humana, es el siguiente paso. Parte del trabajo está en el recuerdo del paso anterior, haciendo un seguimiento del “reflejo de poder”; la otra parte tiene que ver con el desarrollo de una actitud vital algo así como: “Pon toda tu energía por el éxito y el triunfo en lo que hagas, pero con humildad: el mayor éxito es existir y desarrollar tus potencialidades; lo demás es accesorio”