La ansiedad en nuestro tiempo

La ansiedad en nuestro tiempo

Ansiedad, Ansiedad generalizada, Consejos Altea, Social / 05.06.2019

Según la Organización Mundial de la Salud (en adelante, OMS), entre 1990 y 2013 las personas con ansiedad o depresión aumentaron cerca de un 50% en todo el mundo, hasta alcanzar los 615 millones de personas (un 10% de la población). En EE.UU. la cifra sube hasta el 12% de los jóvenes que sufren ansiedad.

La OMS advierte que al menos un 10% de la población sufre ansiedad o depresión

En España somos líderes en consumo de ansiolíticos: al menos una de cada diez personas sufre estos síntomas. De acuerdo con las últimas encuestas, la ansiedad ya es el problema mental más citado por los españoles.

Algunas causas que tienen que ver con estas cifras del aumento de la ansiedad son:

La desestigmatización de la enfermedad mental: muchas personas que antes sentían algún tipo de trastorno mental lo escondían o no existían mecanismos (institucionales, sociales, profesionales, etc.) para tratarlo. Ahora la tendencia es a buscar abiertamente ayuda profesional, por lo que existe luz a muchos niveles sobre las diversas problemáticas psicológicas que antes vivían en la sombra.

Algunos problemas que para generaciones anteriores eran tabú hoy se han desestigmatizado

Condicionamiento del marco referencial: sabemos que en sociedades menos abundantes o en vías de desarrollo, la ansiedad y la depresión no tienen tanta cabida. Creemos que en parte se debe al estilo de vida, que siendo más precario está menos desnaturalizado que el de la sociedad del primer mundo. Por otro lado, vivir en ambientes de mayor precariedad social (cuyas problemáticas están relacionadas con la adquisición de recursos de primera necesidad) parece que nos dota de capacidad para relativizar sobre lo cotidiano.

En sociedades más precarias existe menos ansiedad porque el estilo de vida está menos desnaturalizado que en las sociedades del primer mundo

Inmediatez: La capacidad de conseguir recursos, fuentes de ocio y maneras de comunicación de forma inmediata y sin apenas esfuerzo, hace que hayamos perdido tolerancia a la frustración.

En la sociedad de la inmediatez hemos perdido tolerancia a la frustración

Rapidez: el ritmo frenético de la vida del primer mundo, especialmente en los núcleos más urbanizados, hace que vivamos siempre pendiente de lo siguiente que va a pasar, olvidando vivir aquí y ahora. Por definición, esto predispone a nuestro sistema nervioso a estar en alerta.

La rapidez y el ritmo frenético de la vida diaria hace que nuestro sistema nervioso tienda a estar en alerta, y por lo tanto predispuesto a la ansiedad

Es por eso que en la última década han cogido tanto auge prácticas como el Slow Food (que hace referencia a la práctica de comer lento, con atención), el Mindfulness (o atención plena), la meditación o el yoga. Prácticas que promocionan la quietud y la vivencia del momento presente, frente a la rapidez y el frenetismo que pueden derivar en ansiedad.

Toda práctica que nos mantenga en el aquí y en el ahora promociona el equilibro mental con el que combatir la ansiedad

Exceso de estimulación: muy relacionado con lo anterior, estamos continuamente conectados con estímulos exteriores. Podemos ser conscientes de catástrofes que ocurren a miles de kilómetros casi en el mismo instante en el que suceden. Además, cada vez nos estamos acostumbrando más a estar constantemente estimulados por algo: que ver, que hacer, que escuchar, que ir… Nuestros antepasados vivían con menos ansiedad porque, aunque más precariamente, vivían más conectados con los ciclos naturales del sueño y la vigilia, equilibrados a su vez con los ciclos naturales de luz y oscuridad.

Vivimos híperconectados e híperestimulados, lo que nos aleja de los ciclos naturales de descanso mental

La autorrealización como arma de doble filo: buscamos la realización personal mucho más allá de la vida sencilla. Tendemos a buscar una vida muy sofisticada, sobre la que volcamos muchas expectativas vitales. Y también mucha culpabilidad y frustración si no se logra tener todo lo que creemos necesitar para ser felices.

Como Truman, buscamos tener una vida perfecta, sobre la que volcamos demasiadas expectativas que no siempre son realistas o accesibles

Por citar una fuente contemporánea, hace aproximadamente un año, el Rubius, probablemente el youtuber español más exitoso, anunció que se iba a tomar un descanso por problemas de ansiedad y estrés. En un vídeo donde explicaba sus problemas, afirma: “…Creo que lo que me hace falta es irme una temporada. Desconectar un poco de todo esto porque llevo realmente siete años sin parar… Siempre tengo en mente qué va a ser lo siguiente que haga, los siguientes viajes, los siguientes proyectos… Suena a problemas del primer mundo, lo sé ¿vale?, pero… Cuando se te junta y quieres hacerlo todo al cien por cien, y dar el cien por cien de ti, a veces no puedes con tantas cosas…”.

La felicidad como un consumible: lo más flagrante de las sociedades del primer mundo es que la felicidad se ha convertido en un producto consumible, coherente con la sociedad de consumo.

Además, existe la tendencia social a priorizar las necesidades personales a objetivos más sublimes, como la pertenencia al grupo o el cuidado de las relaciones afectivas más allá de lo material. Esta forma de vida, se convierte así en el caldo de cultivo perfecto para la ansiedad, ya que nos posiciona en la planificación de lo siguiente, en lo que aún no existe, en el control sobre lo futuro, predisponiendo a la activación del sistema de alarma de nuestro cuerpo.

Pensar excesivamente en lo futurible predispone a la activación de nuestro sistema de alarma

Con todo, creemos que para luchar contra la creciente ansiedad de las sociedades del primer mundo, necesitamos reivindicar lo sencillo, lo presente y lo natural, frente a lo complejo, lo futurible y lo desnaturalizado.

Solo así y sólo tal vez, logremos conjugar la comodidad y lo privilegiado de las sociedades del primer mundo, con la tranquilidad y naturalidad de las sociedades que parecen haber quedado atrás o en otros lugares que, aunque más precarios, parecen más felices.

Alfonso García-Donas. Psicólogo.

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