Siempre hay un comienzo, y como decía Frank Herbert en Dune, un comienzo es algo delicado. En homenaje al día del libro, te ofrecemos estas curiosidades que formaron las primeras obras de lo que más tarde encumbraron a sus laureados escritores.

¡Feliz día del libro!

1. El nombre de la rosa, de Eco

En el principio era el Verbo y el Verbo era en Dios, y el Verbo era Dios. Esto era en el principio, en Dios, y el monje fiel debería repetir cada día con salmodiante humildad ese acontecimiento inmutable cuya verdad es la única que puede afirmarse con certeza incontrovertible.

Fallecido recientemente, Umberto Eco desplegó en El nombre de la rosa todo su talento narrativo. Y aquí, en sus primeras palabras, encontramos parte de las claves de su relato: juegos semióticos, significante-significado, contexto religioso, dogma y, a la postre, una novela de misterio deliciosamente medieval que sería llevada al cine en una excelente película homónima. Cuyo incio, claro, no es igual de poderoso.

2. Historia de dos ciudades, de Dickens

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.

Uno de los más emblemáticos párrafos de inicio de la historia de la literatura universal, y también uno de los más citados en todos los recopilatorios. Pierde algo de fuerza en la traducción, pero refleja igualmente la dicotomía constante entre el Londres conservador de finales del siglo XVIII y el París convulsionado, revolucionario, a las puertas del XIX, la Historia de dos ciudades que Charles Dickens inmortalizó en una novela de riquísima prosa, a mitad de camino entre lo histórico, lo social y lo eterno.

3. El extranjero, de Camus

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: “Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias”. Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.

El absurdo elevado a su máxima potencia. El inicio de El extranjero, posiblemente la obra cumbre de Camus, es maravilloso y una oda al talento creativo por sus dotes introductorias. Leyendo sus escuetas palabras se vislumbra el completo universo de duda, desazón tranquila y carencia total de relación empática o afectiva de Meursault, el personaje de la novela, incapaz de relacionarse con el mundo gastado que le rodea.

4. Colmillo Blanco, de London

Aun lado y a otro del helado cauce de erguía un oscuro bosque de abetos de ceñudo aspecto. Hacía poco que el viento había despojado a los árboles de la capa de hielo que los cubría y, en medio de la escasa claridad, que se iba debilitando por momentos, parecían inclinarse unos hacia otros, negros y siniestros. Reinaba un profundo silencio en toda la vasta extensión de aquella tierra. Era la desolación misma, sin vida, sin movimiento, tan solitaria y fría que ni siquiera bastaría decir, para describirla, que su esencia era la tristeza.

De un plumazo, Jack London introdujo el universo narrativo de todas sus novelas centradas en las tierras más septentrionales de América del Norte: tanto Colmillo Blanco como La llamada de lo salvaje se imbrican de la tristeza inherente a la descomunal belleza del Yukón, de Alaska, tan abandonada como solitaria e intimidatoria. También para sus protagonistas, animales u hombres, diminutos ante la naturaleza.

5. Miedo y asco en Las Vegas, de Thompson

Estábamos en algún lugar de Barstow, muy cerca del desierto, cuando empezaron a hacer efecto las drogas. Recuerdo que dije algo así como:
—Estoy algo volado, mejor conduces tú…
Y de pronto hubo un estruendo terrible a nuestro alrededor y el cielo se llenó de lo que parecían vampiros inmensos, todos haciendo pasadas y chillando y lanzándose en picado alrededor del coche, que iba a unos ciento sesenta por hora, la capota bajada, rumbo a Las Vegas.

Psicodelia descarnada, crudo contexto realista y el desierto y Las Vegas como coartada: Miedo y asco en Las Vegas, la obra más reconocida de Hunter S. Thompson, también quedó condensada en ese inicio ubicado en medio de ninguna parte, dando continuidad a una historia de la que, tan sólo por su presentación, sabemos ya demasiado.

6. Los detectives salvajes, de Bolaño

He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así.

Aquel 2 de noviembre se iniciaron las aventuras narradas de Juan García Madero, protagonista central de la primera y la tercera parte de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. El realismo visceral, o el infrarrealismo, formaría parte del eje temático en el que Bolaño insertaría la poesía y a sus escritores sudamericanos radicales del siglo XX en la novela. ¿Quién podría negarse a tamaña aventura? No madero, no el lector.

7. Anna Karenina, de Tolstoi

Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera.

Y cuáles no son infelices, se preguntaría Tolstoi a lo largo de Anna Karenina, no su novela cumbre, sí una de las más trepidantes. Lo sería la de Karenina, sin duda, una mujer presa de amores indebidos entre la alta nobleza rusa, tiempo antes de la caída de la monarquía y del desmoronamiento del mundo antiguo. El universo que tan certeramente retrató Tolstoi y que aquí se disfraza de relato de costumbres, usos y romances.

8. El camino, de Delibes

Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así.

Lo fantástico del inicio de la tercera novela de Miguel Delibes, El camino, es que podría aparecer en la primera línea de cualquier obra de narrativa del mundo. Sin embargo, sólo él la escribió: condensación de la novela, conjunto de hechos que derivan en una serie de consecuencias, Delibes advierte sobre el mundo desgarrado de posguerra que se dispone a relatar. Fue así, pero nada impidió que fuera de otro modo.

9. Asfixia, de Palahniuk

Si vas a leer esto, no te preocupes. Al cabo de un par de páginas ya no querrás estar aquí. Así que olvídalo. Aléjate. Lárgate mientras sigas entero. Sálvate. Seguro que hay algo mejor en la televisión. O, ya que tienes tanto tiempo libre, a lo mejor puedes hacer un cursillo nocturno. Hazte médico. Puedes hacer algo útil con tu vida. Llévate a ti mismo a cenar. Tíñete el pelo. No te vas a volver más joven. Al principio lo que se cuenta aquí te va a cabrear. Luego se volverá cada vez peor.

No es habitual que un libro te invite a dejar de leerlo en la primera línea. Palahniuk lo hizo en Asfixia, en un posterior relato sobre la vida extravagante, excéntrica y satirizada de Víctor Mancini, y por ello merece aparecer aquí.

10. El aleph, de Borges

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.

De entre los muchos y muy memorables inicios que Borges escribió a lo largo de su vida, ¿es quizá el de El Aleph, el cuento, el más fantástico, en todos los sentidos de la expresión, legó? Es difícil decirlo, pero sí es seguro que se trata de uno de los más emblemáticos. Aquí, Borges se sumergería de forma total en la fantasía, a lo largo de una serie de cuentos breves y apasionantes donde lo real chocaba con lo imaginado.

11. El jardín de cemento, de McEwan

Yo no maté a mi padre, pero a veces me he sentido como si hubiera contribuido a ello.

En ocasiones, y al margen de su contexto formal dentro de la temática y de la corriente literaria de la obra, un inicio es por sí mismo una pequeña obra de arte. La de Ian McEwan, inmortalizada en la primera página de El jardín de cemento, golpea en el mentón a primera vista, introduce una historia aún por suceder y ya sucedida, y explica el carácter emocionalmente turbulento de sus personajes. Es fantástico, perfecto.

12. La máquina del tiempo, de H. G. Wells

El Viajero a través del Tiempo (pues convendrá llamarle así al hablar de él) nos exponía una misteriosa cuestión. Sus ojos grises brillaban lanzando centellas, y su rostro, habitualmente pálido, mostrábase encendido y animado. El fuego ardía fulgurante y el suave resplandor de las lámparas incandescentes, en forma de lirios de plata, se prendía en las burbujas que destellaban y subían dentro de nuestras copas.

Y a partir de aquí, de tan fascinante descripción de unas escena común, la de un puñado de amigos reunidos con la dedicación expresa de charlar, es imposible salir de la historia narrada por H. G. Wells en La máquina del tiempo. El misterio y el poder de lo oculto, tan consustancial al empuje de la novela, se manifiesta en su inicio de cara al lector tan sólo con el nombre del inquietante protagonista: El Viajero a través del Tiempo.